viernes 31 de diciembre de 2010

Nuevo cómputo

El hombre se sentía relajado. Más ahora que se había dado una buena ducha reparadora, que había menguado el hecho de haber estado sin luz toda la noche anterior. Eran las 9 de la mañana y se dispuso a desayunar en el patio de su casa. En la mesa estaban dispuestos el termo, el mate y una bandeja con bizcochos algo tostados, como a él le gustaban y que su nueva pareja, Pochi, compraba en la panadería de la otra cuadra. Se movía con dificultad, ya que se estaba reponiendo de una operación de hernia, pero con firmeza. A sus 75 años era una persona todavía vivaz y lúcida. Se sentó despaciosamente, se cebó el primer mate y abrió el periódico. Y ahí estaba, en primera plana. Buscó ávidamente en las páginas interiores y leyó:
“El odontólogo Ricardo Barreda, en prisión domiciliaria por matar a escopetazos a toda su familia, podría quedar en libertad la próxima semana por aplicación de un fallo de la Cámara de Apelaciones platense que dispuso un nuevo cómputo de su pena.”
Suspiró entre complacido y desahogado. Iba a reiniciar la lectura cuando escuchó la voz de su mujer:
- Ricardo! Otra vez dejaste el piso del baño mojado! Te dije mil veces que lo sequés después de bañarte! Yo no puedo estar detrás tuyo todo el...
El hombre levantó la vista serenamente. No había odio en su mirada, tampoco arrepentimiento, solo indiferencia hacia el ser que emitía sonidos a tan solo unos metros. La miró unos segundos y ladeó su cabeza, como intrigado.
La mujer tenía abierta la boca en un rictus trágico, como lamentándose de su imprudencia. Entonces balbuceó:
- Ehhh... No... O sea, no es que... te recrimine... Ehhh... Yo lo limpio.
Y se retiró.
Barreda la vió alejarse y luego continuó leyendo, mientras partía en dos un bizcocho y dejaba aflorar una mínima sonrisa.


Feliz 2011.
Si no van a manejar, beban.

viernes 17 de diciembre de 2010

Postales de Navidad

Querido Papanuel:
Como creo que, este año, he sido un buen niño, es que siento que puedo pedirte algunas cositas para estas fiestas. Desearía que me trajeras una pleiesteicion ful, un celu que haga “prip” con pantalla táctil, unos botines azules como los de Messi, una jabulani que no se despinte y, si es posible, un terrenito que mis viejos no tengan que ocupar.
Prefiero que los regalos no sean ropa, porque siempre me arreglan con lo mismo y yo, junto con mis hermanitos, lo que queremos son juguetes, no vestirnos.
Te quiero mucho y ojalá estés bien.
Jorge


Jorgito:
Vivís en una nube de pedo, pibe? O me estás tomando para la joda? En qué mundo te creés que estás, pendejo? No hay una moneda partida al medio y me pedís regalos cuyo costo alcanza para alimentar a una familia de somalíes por un año? La cosa está dura, nene. Ya no es como antes. La ONU no me pasa más subsidios para hacer mi laburo. Me la tengo que rebuscar con donaciones de los que más tienen, pero conseguir guita de estos turros es más difícil que nadar en dulce de leche. Que más quisiera que llevarle regalos a todos, pero... Sabés a cuánto se fueron los costos de transporte? Conocés de los quilombos gremiales que me hacen los enanos? Tenés idea de cómo me rompen las bolas las asociaciones de defensa de los animales por el supuesto maltrato a los putos de los renos? No, pibe, esto no es fácil. Ustedes piensan que uno labura una vez al año, pero no es así. Tengo que conseguir los mejores precios, bancarme inspecciones impositivas, lidiar con los proveedores, con mi jermu que quiere irse a lugares cálidos en las vacaciones, la obra social que no me reconoce ni un puto granito, etc, etc.
Mirá, no sé, algo te voy a llevar, porque no puedo hacer que decaiga mi imagen, por una cuestión publicitaria. Pero no esperés demasiado. Qué se yo, un rompecabezas, un ludomatic, o una pelota de goma. Más no. No es que no quiera, no puedo, entendelo. Cuando las cosas mejoren, habrá mejores regalos. Por lo pronto, conformate. Y si no te cabe, jodete.
Que sigas bien.
Papá Noel

lunes 6 de diciembre de 2010

El suplente

Eugenio “Tacuara” Inzaguirre no era un mal arquero. Digamos que superaba la mediocridad con creces. Pero su principal obstáculo para deslumbrar era que siempre tenía por delante a alguien mejor que él.
Desde pibe le gustó los “tres palos” y no tenía problema en que lo eligieran para atajar. En su club de barrio empezó a destacarse en las inferiores y un par de representantes de poca monta le echaron el ojo. Su padre Atilio, quien hacía las veces de su representante, estaba orgulloso de su hijo y lo incentivaba para que mejorase en su puesto. La mamá de Eugenio había fallecido siendo él muy pequeño y Atilio, junto a su amigo Jorge, lo criaron en un clima de verdadero hogar. El tío Jorge (como lo llamaba Tacuara) era pareja de su padre desde hacía bastante tiempo y la relación entre los dos hombres fue blanqueada a la muerte de su madre. Eugenio nunca se sintió mal ni frustrado por esta situación y los quería a ambos por igual.
Atilio, que había sabido jugar de defensor, le inculcó códigos y maneras de manejarse en el ambiente del fútbol, por lo que Eugenio adquirió una formación bastante ética en cuanto a ese deporte. Y a la vida. Era sumamente correcto, solidario y buena gente. Sus compañeros de equipo resaltaban estas virtudes, un poco extrañas de ver en otros futbolistas.
Tacuara anduvo por varios clubes, donde se destacaba en los entrenamientos, pero a la hora de elegir el equipo, prevalecía el desempeño del arquero titular, relegando las sanas ambiciones del muchacho. Pero nunca se le oyó quejarse de esa situación y admitía las decisiones de sus entrenadores con gallardía. Pero sus “padres” notaban que sufría por dentro. Atilio, en sociedad con Jorge, habían ampliado la carnicería original y ahora tenían un supermercado mediano que les daba cierta holgura económica. Decidieron invertir una parte de sus ahorros y consiguieron que un club de segunda de España contratara a Eugenio. Seis meses duró allá. La nostalgia, el rechazo de sus nuevos compañeros, la novia que había dejado en su barrio, más (nuevamente) el hecho de ser arquero suplente, lo decidieron a pegar la vuelta. Nadie le reprochó nada y las cosas siguieron como antes.
Un año después fueron sorprendidos con la grata noticia de que Tacuara había sido convocado para integrar el seleccionado Sub-23. Aunque iba como segundo arquero, las chances de jugar eran grandes y, de última, le daba “chapa” para probar en algún club grande.
Pero, a días de ser llamado, tuvo un serio accidente en su auto que le dejó el hombro muy maltrecho y varios meses de inactividad. Cuando todos pensaban que era el fin de su carrera, Eugenio, gracias al apoyo y cariño de los suyos, pudo volver a entrenarse y quedar como nuevo, aunque había perdido su oportunidad futbolística en el Sub-23. Continuó atajando en equipos de segunda línea, hasta que, cuando contaba con 27 años, lo llamaron de un equipo de primera (el de sus amores) para ser suplente del gran Toledo, el legendario arquero.
Eugenio estaba feliz de estar junto a su ídolo, por un lado, pero por otro sabía que Toledo tenía pensado retirarse después del final de esa temporada, con lo cual sentía que, si se esforzaba, sería su natural sucesor.
Cuando terminó el campeonato, el técnico le aseguró que tenía en sus planes contarlo como arquero titular, pero que debía esperar la resolución de los dirigentes, aunque descartaba que coincidirían con su propuesta.
Pero no fue así. A principios de la nueva temporada se le informó al técnico y al resto del plantel que el club había comprado el pase de Agustín Trevisonno, quien era famoso por su habilidad y osadía en el arco, como también por su vida nocturna, plena de escándalos y excesos. El tema era que al club le convenía tenerlo, ya que lo había comprado casi regalado (la cotización de Trevisonno había bajado desde su último altercado en un boliche) y planeaban venderlo, cuando finalizara el campeonato pronto a iniciar, con una suculenta diferencia a favor de la entidad.
Eugenio lo tomó como siempre, con hidalguía y templanza. Cuando regresó a su hogar, casi ni habló y su esposa, Alicia, al verlo tan abatido, llamó a Atilio para ver si, entre todos, le levantaban el ánimo. Pero Tacuara estaba cansado de que nunca se le dieran las cosas y ya pensaba en abandonar el fútbol y dedicarse a acompañar a su padre en el negocio. Atilio, junto a Jorge y Alicia, lo convencieron de seguir y esperar una oportunidad.
La misma se dio en la segunda fecha. Trevisonno, quien había descollado en el debut como visitante, no se presentó a la concentración previa al partido como local. Vanos fueron los intentos por localizarlo telefónicamente, como así también ubicarlo en sus lugares habituales. Dedujeron que Agustín había vuelto a las andadas y que estaría recomponiéndose de sus usuales abusos. El técnico no dudó y le dio la titularidad a Eugenio.
Ese domingo, Tacuara se atajó todo. Sus reflejos funcionaron a mil y evitó en varias ocasiones que su arco cayera. Cuando terminó el partido, y habiendo su equipo ganado, fue ovacionado merecidamente. Visiblemente emocionado, se terminó de cambiar y fue a su casa lleno de satisfacción. Antes decidió pasar a saludar a su padre, quien estaba acomodando mercadería para el día siguiente. Se fundieron en un abrazo y no dijeron ni una palabra, ya que no hacía falta. Jorge se sumó a ambos y así estuvieron un largo rato los tres, saboreando el triunfo del muchacho, que se hacía extensivo a los otros dos.
Cuando Eugenio se retiró, Atilio se secó las lágrimas con la manga de su camisa y le sonrió a Jorge, quien estaba conmovido. Pero, bueno, dejarían para más tarde los festejos, ahora había que seguir trabajando.
Fueron hasta la cámara frigorífica y, trasladando entre ambos una gran bolsa negra de plástico, sacaron su contenido y comenzaron a trozarlo con la sierra de carnicería.
Iba a ser imposible encontrar los restos de Agustín Trevisonno.

viernes 29 de octubre de 2010

Chau, sevemo.


domingo 17 de octubre de 2010

Mamá

Este post fue escrito hace tres años y, como para hoy no pude escribir algo que (a mi entender) lo superara, va de nuevo.

Estoy seguro de un par de cosas en mi vida, y una de ellas es que sé que mi mamá me amaba.
Claro, que mamá no ama a sus hijos? Pero mi vieja lo hacía conmigo y es lo que me importa.
Me perdonaba todo, hasta mis olvidos con ella. Era su preferido, lo sé, mal que le pese a mis otros hermanos. Nos entendíamos. Nos reíamos juntos. Ella era maestra, de las de antes. Orgullosa de su oficio, soberbia con su posición. Creída de ser superior a otros. Pero era una mujer sencilla, con sus defectos a la vista. Soñadora, emprendedora, más que mi viejo. Gracias a ella y sus créditos impagables tuvimos la tele, una heladera como Dios manda, y sobre todo... la casa.
La extraño. Recuerdo cuando era chico y dormía junto a ella porque no había lugar en casa y la abrazaba para dormirme, agarrado a sus pechos, mientras me rascaba la espalda y me decía que me quería.
Siempre me mimó y también me "cascaba", era de mano "fácil". Pero nunca la odié por eso, lo toleré. Era el alma de la casa. La hice sufrir cuando me llevé materias en quinto y se alegró sobremanera cuando las rendí bien. Había pasado unos años duros por mi indisciplina y amonestaciones acordes. Siempre fui su sueño, pero no llegué a cumplírselo. Solo conoció a dos de mis hijos. Al más grande lo adoró desde que lo vio y él todavía la recuerda. A mi nena la conoció de bebé y al poco tiempo se me fue para no volver.
No era una mente brillante, no era la mejor en su campo. Pero era mi mamá y me amaba.
Y la añoro. Mucho. Y lloro con su recuerdo, quizás por culpa. Me fui de casa cuando me casé y la dejé para hacer mi vida. La abandoné por otra. Pero no la olvido. Fue mi primer amor.

jueves 14 de octubre de 2010

Algo de mí

Parte de una serie de trabajos sobre las décadas desde el 1900.

Chaplin: bolígrafo negro.
Einstein: Microfibra (puntos), grafito.

Dalí: Microfibra.
Charly García: Microfibra, fibrón.


(Click para agrandar)





lunes 4 de octubre de 2010

Hoy: dos al precio de uno

El Gran Baile
- Hola, ¿cómo te llamás? Yo, Horacio.
- Hola, me llamo Felisa.
- ¿Venís siempre a esta bailanta?
- Si, ¿vos?
- Yo casi vivo acá. ¿Laburás o estudiás?
- Trabajo en la casa de los Anchorena.
- ¿Mucama?
- No, personaltreiner. Claro, mucama, ¿de qué otra cosa? ¿Vos?
- Estoy en el mundo del espectáculo.
- Qué bueno! ¿Actor? ¿Músico?
- No, hago malabares a la gorra en los semáforos. ¿De qué signo sos?
- Virgo, ¿vos?
- Ya no. Yo cáncer.
- Pobre. ¿Campo o gobierno?
- Ehhh...
- Yo con el gobierno.
- Occvio, je, yo también.
- Una pregunta. De onda.
- Dale.
- ¿Te pusiste un porroncito en el bolsillo del pantalón o te estás excitando?
- Tengo una Jeineken heladita.
- Ok, ¿qué te parece si vamos al jardín y nos la chupamos?
- Dale, pero antes me gustaría tomar unos traguitos de la birra, ¿si?



Poema











Hombres recios que apretáis
a la mujer en cuestión,
sin ver que es un varón,
que no avisé, no digáis.

No notáis que es una traviesa
que busca quién se la ponga?
No habéis visto su poronga,
bajo su nívea falda, tiesa?

Quizás estéis al corriente
y seáis unos cometravas.
Mientras uno se lo clava,
el otro muestra los dientes.

Sois unos putos exhibicionistas,
que no juzgo ni condeno.
Hacéis algo muy bueno
por un mundo hedonista.


Dama Juana de la Crush
Obras selectas - Ed. Adenoz (1981)