Guau! Sinceramente no lo esperaba... Bueno, antes que nada, gracias a la Academia por este galardón; a los productores de la peli que confiaron en mí para el protagónico de "Violación en la granja" (Animal's lover); al director que tan bien supo sacar lo mejor de mí. Ustedes saben que soy un devoto del "método" de actuación. En mi anterior película, donde hice de marinero abusado sexualmente y por la cual también fui candidateado (aunque finalmente ganó Sir Mick Jagger), pasé un mes en alta mar en un carguero noruego viviendo infinidad de sensaciones (a propósito... Svën, te dedico este premio... Llamame). Pues bien, para "Violación en la granja", me recluí una temporada en el campo, lo que me sirvió enormemente para plasmar la personalidad compleja de Víctor, el antisocial afecto a la zoofilia.
Bueno... no voy a extenderme demasiado. Se lo dedico a mis amigos y, en especial, a mi madre, quien se me fue la semana pasada y debe estar mirándome desde arriba... Mamá! Esto es para vos! Y ojalá no vuelvas a trabajar de azafata!
Pero sobre todo... Si, ya termino... Es para quienes me acompañaron en esta aventura, los verdaderos artífices de mi perfomance, quienes nunca se quejaron y con los que, aún después de terminado el filme, nos seguimos viendo: Para Fido, Aurora, Pegaso... y más que nadie: Dolly, la hermosa oveja Cheviot que, en estos momentos, está pasando por un bajón anímico.
Gracias a todos! God bles iu!
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miércoles 25 de febrero de 2009
AN DE GÜINER IS...
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miércoles 18 de febrero de 2009
APOCALIPSIS
Me habían llegado datos de diferentes sitios, lugares tenebrosos, inhóspitos, pero uno parecía confiable. Anduve por intrincados parajes, laberintos fantasmagóricos, pero arribé a mi destino. Tenía la información de que era nativa del sureste de Asia, y que poseía muchas proteínas y alto contenido en hierro. Era ella, la famosa y nunca tan bien ponderada LENS ESCULENTA, o lenteja para los íntimos.
Si, había nacido en mi un antojo irrefrenable de comer guiso de esta deliciosa leguminosa, y no solo eso, debía ser preparado por mi mismo, todo un reto, pero existía un dictado interior que me motivaba.
Una vez conseguida la mejor lenteja que el dinero podía comprar y haciendo caso omiso a la mirada socarrona del oriental que me la proveyó (gesto que luego comprendí en su justa dimensión), encaré la compra de los demás ingredientes.
¿Con qué acompañar a mis pequeñas? Lo ideal sería una salsa, y así fue. Me decidí por una de tomates. Ya en la verdulería, observé la mercadería y opté. Dije con voz clara, no estridente, pero segura: “Dos tomates perita, un pimiento rojo chico, una cebolla no muy grande, ajo y perejil”. El dependiente me miró, volvió a mirarme y sin dejar su actitud pasiva, me espetó: “Tío, decime las cosas de a una, que no retengo más de dos artículos, ¿si?”. “Ok”, dije, avergonzado, y le recité el pedido nuevamente, pero pausadamente y de a uno, a medida que iba colocándolos en una bolsa. Pagué lo que me dijeron y me retiré sin volver la vista atrás.
Una vez en mi refugio, en mi templo, procedí a la faena.
Tomé mis preciadas lentejas y coloqué en remojo las necesarias para mi festín. El manual dice que por lo menos dos horas deben colocarse en agua. Decidí dejarlas un poco más, podía tomarme ese lujo. Mientras el líquido elemento se consustanciaba con mis elegidas, procedí a realizar la compra del elemento restante: la carne. Panceta y salchicha parrillera fueron seleccionadas y compradas a un precio accesible.
Ya tenía todos los elementos, con lo que procedí a la preparación sistemática de la “salsa”. Primero, la cebolla fue cortada milimétricamente con una trincheta. De esa forma, al irse cocinando tiende a desaparecer, dejando su gusto presente. Luego el pimiento, cortado en secciones casi idénticas por una cuestión de equilibrio (si, ya sé, algo obsesivo el chef). Así, el ajo y el perejil pasaron a engrosar los componentes. Después, le tocó el turno a los desvalorizados tomates peritas. Un aparte con esto. ¿Por qué se desprecia a estos rojizos elementos? ¿Por qué se opta por los redondos? ¿Porque éstos son más presentables? ¿Porque en el imaginario colectivo son la representación del tomate? No, señores, el perita vale y mucho. Tiene una forma adaptable a la mano, las mismas virtudes que su primo redondo y su manejo no es nada despreciable. Bien, el tomate fue cortado en dados (o que se asemejara a eso) e incluido en la mezcla.
Por último, la panceta y la salchicha fueron seccionadas en trozos que no permitieran su desmenuzamiento en la cocción, pero que no fueran lo suficientemente grandes como para no representar un bocado. Los detalles.
Las lentejas seguían en el proceso de remojamiento, por lo que se me presentaba un tiempo muerto que debía salvar en otra actividad. Así lo hice y, cuando fue el momento preciso, regresé a mi labor culinaria y comenzó la verdadera actividad.
Las legumbres, ya embebidas, pasaron de su contenedor a una clásica olla con agua que las tapara y puestas al fuego durante treinta minutos. Rogaba que el tiempo pasara, pero era consciente de su lento devenir. Mientras, la preparación de la salsa me reclamaba. En una decisión clave, opté por realizar la cocción de todos los ingredientes de una sola vez. ¿Ansiedad? ¿Nerviosismo? Puede ser, pero mis decisiones no debía ni quería compartirlas.
Pasó el tiempo requerido, los dos grupos estaban preparados, separados, pero a punto de lograr la fusión. Uní con cuidado la salsa con el componente primario, con un leve temblor que supe dominar. Dudas atravesaron mi ser, ¿serían compatibles? ¿Habría fallado en algo? La mejor respuesta era el resultado. Una vez mezclado, me arriesgué a probar el supuesto manjar. La cuchara ingresó en la olla y resurgió con una cantidad que englobaba todos los componentes. Lentamente olfateé y su olor me dio sensaciones que me retrotrajeron a un pasado glorioso de comidas en familia, reunidos en la mesa de un hogar lejano en el tiempo. Lo acerqué a mi boca, y levemente soplé para amenguar su calor. Lo introduje en mi paladar y… el milagro sucedió.
La conjunción de sabores era perfecta, la preparación había sido un éxito y, no puedo negarlo, una lágrima quiso asomar, fruto no de un supuesto gusto fuerte en la elaborada comida, sino de una genuina emoción por una labor bien realizada.
Me serví una generosa porción, un vaso de vino tinto y dando gracias, procedí a engullirla.
¡Que sensaciones! Mi paladar parecía agradecer cada bocado, mi ser se contentaba en cada deglución, un disfrute inmenso abarcaba mi alma. Terminé esa bendita porción y mi cuerpo reclamó más. No me hice rogar y accedí. Al final de la segunda tanda, sentí un estado de saciedad, pero, siempre hay un pero, en la olla asomaba un resto considerable.
¿Qué hacer? ¿Dejar ese remanente para otro momento o acometer con su desaparición en ese instante? ¿Debía traspasar esa frontera? Que dilema. Podía haber riesgos. La lenteja no perdona y mi aparato digestivo, como el de todos, tiene un límite. Pero, este servidor, tenía un as en la manga. Previsor, había comprado un cuarto kilo de helado (frutilla, chocolate y vainilla) que ayudaría a bajar tremenda comilona.
La tercera ración fue engullida, el helado fue consumido y, altamente satisfecho, una posición horizontal reclamaba su lugar. Me recosté suavemente y, con promesa de sueños agradables, fui descendiendo en un sopor inmanejable.
A la mañana, al abrir mis ojos, hice una constatación mental de mi ser y no hallé motivos de alarma. Había superado la prueba.
El día se presentaba hermoso, un domingo glorioso. Decidí realizar las compras del día en el supermercado de la zona, el más grande. Monté a mi preciada bicicleta, “La poderosa”, y enfilé al centro consumista por excelencia. En el camino hasta disfruté silbando una pegadiza tonada de moda. De pronto, al no poder salvar un manifiesto bache en la calzada, una sensación interna se manifestó, como un cosquilleo leve, al cual no le di mayor importancia. Apresuré mi andar, respondiendo a un instintivo empuje.
Ya en el sitio donde se resguardan los rodados, cuando procedí a agacharme para asegurar con candado a La poderosa, nuevamente el cosquilleo. Pero ahora reconocí la causa, pude detectar las consecuencias. Presuroso ingresé a las instalaciones y sin mirar mi entorno, me dirigí hacia los sanitarios. Una vez dentro, no lo pensé más y abrí uno de los compartimientos individuales, desabrochando mi indumentaria como en un trance. Sentía que algo hacía desquicios en mi abdomen, como un alien ansioso de emerger. Transpirando como un beduino con fiebre, percibí la llegada de la erupción. Y llegó.
Lo demás entra en el terreno de lo supuesto, ya que como en un sueño, recuerdo las alternativas. De los compartimientos linderos se oía las puertas abrirse con desesperación. Gritos aterradores inundaban mis sentidos: “¡No es humano!”, “¡Es peor que Chernobyl!”, “¡Al Qaeda, nos ataca Al Qaeda!”. Se oyó una voz afeminada gimiendo: “¡Los niños y los gays primero!”. Un pandemonium.
Cuando concluí y, luego de higienizarme, emergí al salón principal.
Soledad. Desamparo. Aislamiento. Solo se oía la música funcional y un ronroneo que no supe identificar. Cuando quise retirarme, ya intuyendo el giro de los acontecimientos, noté en la entrada una faja de seguridad amarilla. Tras ésta, uniformados corrían vallando la zona. Entonces los vi. Individuos, enfrascados en trajes que razoné como para evitar contaminaciones, comenzaban a bajar de vehículos diversos artefactos de medición. Una sonrisa triste surgió en mi rostro y comprendí que mi destino estaba sellado.
No se bien cuanto tiempo ha pasado desde la infausta jornada. Aprendí a convivir con los recursos a la mano (que no eran pocos) y de vez en cuando añoro mi antigua vida. Perdí contacto con el resto de mis congéneres y me adapté a mi nueva forma de existencia. Por alguna oscura razón, el suministro eléctrico no faltó en todo este lapso, aunque la conexión telefónica dejó de existir al instante de lo ocurrido. Pero hoy he notado algo diferente en mi rutina. Como una sensación de falta de opresión. Me hallaba en la entrada cuando percibí que mis carceleros brillaban por su ausencia. Entonces me animé y traspasé las puertas. Observé el cielo y noté un color diferente en sus tintes. No se detectaba presencia humana en los alrededores, como si un misterioso vaciamiento hubiera envuelto los contornos del establecimiento. Un viento triste jugueteaba con restos de follaje y papeles varios. Así, una hoja de papel brillante vino a enredarse en mis pies. Alcé el colorido folleto y mientras leía su contenido, no pude evitar que un suspiro lánguido escapara. El volante decía, con letras llamativas:
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martes 17 de febrero de 2009
LO INTENTÉ
Vaya si lo intenté.
Pero el desalmado Blogger no me da bola.
No le engancho la vuelta y no me publica el post de "24" como debiera. Esta entrada tiene un par de "efectitos". Nada del otro mundo, ni totalmente necesarios para la trama, pero servían.
Pero no hay caso, no me los toma.
Voy a probar por última vez mañana y ahí veo que hago.
Sevemo.
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viernes 6 de febrero de 2009
miércoles 4 de febrero de 2009
ENIGMA
En 1984 mi vida dio un vuelco.
Bueno, en realidad fueron varios, producto de una mala maniobra en la camioneta que había robado a mi padre. Ya en el hospital, y semiinconsciente, escuché a mi madre preguntar al médico el porqué de su insistencia en que realizara un reposo prolongado. El profesional la miró un momento y le contestó:
- Pues para reponerse del shock, para que descanse y, sobre todo, porque el yeso en sus dos piernas fracturadas le impedirá moverse por un buen tiempo.
Yo tenía catorce años y toda la energía disponible, por lo que la inmovilidad obligada representaba un duro trance. Fui provisto de abundante bibliografía, juegos de mesa y materiales para escribir y dibujar. Yo no era un gran lector, pero un libro llamó mi atención: Cosmos, de Carl Sagan. La lectura de sus dos primeras páginas me atrapó y, a la tercera, ya quería quemarlo porque no cazaba una. Igualmente comencé a hojearlo para ver las ilustraciones y dibujos. Fue cuando vi la foto de una piedra con diversos signos: la famosa Piedra Rosetta. Ésta fue la clave para descifrar el significado de los jeroglíficos egipcios por parte de Jean-François Champollion, ya que tenía inscripciones en tres idiomas: el griego, demótico y los nombrados signos egipcios.
Bien, la cuestión, para abreviar, es que se despertó en mí una vocación arrolladora por el descifrado de mensajes ocultos, de resolución de enigmas, por lo cual decidí dedicarme a la criptología en el porvenir. Así lo hice, luego de años de estudios matemáticos y estadísticos, me convertí en un experto en obtener el sentido de información en clave. Demás está decir que soy un ferviente creyente de que la resolución de la Segunda Guerra Mundial se debió al descifrado de los mensajes enviados por los alemanes en máquinas llamadas, justamente, Enigmas.
Mi afán de aprender cada vez más sobre el tema me aisló durante bastante años, situación que se vio alterada cuando conocí a Alicia, quien sería mi mujer. Era una joven ayudante de cátedra con quien pasábamos agradables momentos hablando de nuestro tema en común: el criptoanálisis. Bueno, en realidad ella mucho no sabía, pero me prestaba atención con diligencia.
En los primeros meses de casados solíamos divertirnos dejándonos mensajes para poder adivinar donde se localizaba tal cosa o, bien, con ingeniosos juegos de palabras, nos decíamos cosas en secreto delante de nuestras amistades. En rigor, debo decir que los acertijos de ella eran bien simples, casi infantiles. Los míos, en cambio, resultaban de una elaboración más meditada y racional.
El ofrecimiento de una importante empresa multinacional, para trabajar en su departamento sociológico, sumado a un aumento en las horas de mi cátedra, hicieron que mi relación con Alicia fuera desgastándose. A pesar de que ella me lo hizo saber en varias oportunidades, yo entendí que no podía sacrificar mi forma de vida en aras de una convivencia que solo se presentaba como un obstáculo. Sabía que mi mujer aceptaría mi destino (y el suyo) y me acompañaría en mi carrera.
Anoche llegué, inusualmente, temprano a casa, ya que se habían suspendido las clases por la defunción de un ex directivo y pensé que sería agradable cenar con Alicia. No se encontraba, así que fui a la cocina a prepararme algo. En la puerta de la heladera, bien visible, se hallaba pegado un mensaje de ella. “Qué bueno, volvimos a los acertijos”, pensé gratificado. Retiré el papel y, luego de ponerme los lentes, leí:
Me tenés podrida.
Me voy a vivir con mi amiga María, a la que amo.
Metete todos los enigmas en el orto.
Sonreí levemente. Indudablemente, había un mensaje oculto en ese texto, pero no lograba deducirlo a simple vista. Me senté a la mesa y lo releí varias veces, no encontrándole un patrón, una secuencia lógica. Realmente, Alicia se había esmerado esta vez.
Ya es de madrugada y sigo sin encontrar el secreto oculto en estas tres frases. Siento una especie de frustración que mis años de estudio no logran atenuar. Alicia, si es que volvió, no me preparó la cena. Igual no tengo ganas de comer, estoy obsesionado con este enigma.
Creo que me llevará bastante tiempo descifrarlo.
FIN
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viernes 1 de febrero de 2008
Yo era un alfeñique de 44 kilos, hasta que...
Yo sé que a la Enana le debe haber costado decírmelo, encontrar las palabras, el momento... Pero lo hizo y me la mandó.
- ¿Viste que salió una promo de verano en el gym de la otra cuadra? Dos meses por uno.
Levanté mi vista, interrumpiendo la apreciación de la espuma de cerveza en mi jarra, y dije:
- Que bien ¿Y?
- Nada, que podrías aprovecharla -insinuó.
- ¿Para? -pregunté con un ínfimo y efímero bigote blanco en mi semblante.
- Que se yo. Para bajar la pancita, je. Mucha birra vos.
- Je.
- Aparte se te marcarían los músculos...
- ¿Eh?
- Se te marcarían más, digo, je.
Claro, ella se morfa dos de muzza entera con tres Quilmes y, a lo sumo, le sale un granito en una nalga. Yo como una feta de salame de más y ya tengo que tomar cinco litros de Hepaltagina. Pendeja atrevida.
Así que me anoté en el gimnasio, dispuesto a hacer musculación, aparte de una dieta estricta, libre de carbohidratos, alcohol, grasas y la puta madre que los parió ¿Por qué no me dan un revólver y listo?
Entré medio cohibido con mi bolsito de fulbo y me fui derecho al vestuario. Me cambié para la ocasión: remera verde bien amplia (como para disimular), pantalón negro Adidas (de la época del mundial '74), medias azules y zapatillas blancas. Una buena combinación de colores, a mi entender. En el salón (repleto) había gente de todos los tamaños, pero, eso si, todos con pilchitas de onda, con colores de moda, con marcas del momento. Con mi ropa de extraterrestre me dirigí a quien me guiaría en este trance: Willy.
El muchacho resultó ser un monstruo pelado, con músculos hasta en las uñas que, seguramente, de noche trabajaría de patovica en un boliche gay (cosa que no pregunté). Me dió un apretón de manos a lo chabón (o sea, el saludo donde se agarra la mano tipo pulseada) y con la libre me dió un golpecito en el hombro. Para él habrá sido golpecito, a mi me pareció una estocada de gliptodonte. Me dió una rutina y me largó solito con mi alma, con la recomendación de llamarlo si tenía alguna duda. Sospeché que preguntarle: "¿Qué carajos hago acá?" no entraba en su repertorio de respuestas.
Hice diez minutos de bicicleta que no solo me aburrió sino que no sentí ningún cambio inmediato. Fui a una camilla a realizar cuadriceps (hacés fuerza con las gambas estando sentado y fortalecés los muslos del lado de adelante) y me incliné para colocar el peso. Iba a llamar a Willy para avisarle que faltaba la traba, cuando me percaté que la misma estaba, pero bien abajo, marcando como 800 kilos, que se yo. La puse en 15, mirando a mi alrededor para advertir alguna mirada socarrona. Anduve bien y le seguí dando a otras máquinas.
Cuando estaba haciendo "pecho" con una barra y dos pesas de 5 kilos a cada lado, y mientras hacia una pausa, se colocó en la camilla de al lado un flaquita con lentes y cara de estudiosa. Al verla pensé: "en lugar de hacer pecho, le convendría una cirugía estética para ampliar el busto". En su camilla había una barra con pesas que sumarían unos 20 kilos de cada lado. Se acomodó y se dispusó a hacer su faena. Me dije que alguien debería asistirla, ya que el peso era demasiado para ella y podía ocurrir un accidente. La flaquita hizo tres series de diez antes de que yo pudiera reponerme para mi siguiente tanda y se alejó en busca de nuevos desafíos, mientras yo dejaba escapar el abdomen (que mantenía contraído para no dar vergüenza) del asombro.
Mientras terminaba mi jornada, observaba a los demás, sobre todo a los que lucían buen cuerpo. ¿Para qué iban ésos? Si ya está, ya lo lograron ¿Qué pretenden ahora? ¿Humillarnos? ¿Superarse ilimitadamente? ¿Qué necesidad? Con eliminar los chinchulines y venir cada tanto, listo. Pero no, vienen todos los días, cada vez más peso, más músculos. Y se miran en el espejo y se comparan entre sí, se tocan, hablan de lo mismo siempre. Manga de putos. ¿Por qué no se ejercitan el cerebro?
Y las minas... Tienen el culo tan duro que, en Navidad, deben partir las nueces con los glúteos. Con esos cuerpos de travas callejeros. En fin...
Me fui a la ducha puteando por lo bajo. Qué pérdida de tiempo y guita, por Dió! Y todo para poder pasearse por la playa más o menos decente. Que Enana superficial. ¿Acaso no soy un tipo agradable y divertido? ¿Y mi belleza interior? ¿Ehee?
Encima en el vestuario había un espejo grande como la mierda, que lo reflejaba a uno mientras se vestía, devolviendo una imagen deplorable. Ma' si!! Váyanse todos a cagar! Salgo de acá y me clavo dos birras, me dije. Mientras levantaba el brazo para ponerme Axe, veo como una pequeña hinchazón en el brazo, a la altura del codo. La puta madre, encima esto. ¿Qué sería? ¿Un desgarro? ¿Un hueso salido? ¿Una alergía? Ya me estaba haciendo el bocho cuando detecté lo mismo en el otro brazo.
No podía ser lo mismo en ambos lados y a la misma altura. Esto tenía que ser... Oia! Siiii, era un músculo nuevo!! Había desarrollado, aunque incipiente, una protuberancia merced al ejercicio. No cabía dudas. Como decían los griegos: Conocete a ti mismo. Y yo me juno, eso no estaba antes.
Me terminé de cambiar y arremangué la camisa lo suficiente para que mis "amiguitos" se vieran y salí, cual Suarseneguer, para encontrarme con la Enana y ufanarme de mi nuevo y modelado cuerpo. Tardó bastante en distinguirlos, pero yo sé que ahí estaban y, con un poco de dedicación de mi parte, los haría crecer para orgullo de la Patria.
Nos fuimos tomados de la mano hacia su casa. En el camino se me ocurrió comentarle (con la mejor de las ondas, te lo juro por la Dalma y la Yanina, que son lo que más quiero) que había observado en el gym como las minas fortalecían la cola y que ella podría probar para reducir un poco las caderas. Antes de terminar la frase ya me sabía condenado. La Enana me soltó la mano y no me dirigió la palabra hasta entrada la madrugada.
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jueves 27 de diciembre de 2007
ELLA SE VA
Ella se va. Se va y no puedo hacer nada para evitarlo. No quiero, no debo, no me sale detenerla. Las cosas siempre fueron claras desde un principio. Nada de ataduras, nada de exclusividades, nada de posesiones. Libres. Y yo acordé con eso. Y no debería arrepentirme, yo acepté las condiciones. Quizás especulé con que, pasado el tiempo, ella decidiera quedarse a mi lado y compartir la existencia. Pero ahora la veo preparar su bolso de viaje, ajena a mis pensamientos y no puedo dejar de reflexionar sobre lo que creo es su indiferencia al asunto. Estos meses en su compañía fueron los más excitantes, estremecedores y vibrantes de mi vida. Ahora no hay lugar para los reproches ni cuestionamientos. Ella nunca me mintió, nunca me hizo promesas que no fuera a cumplir, siempre fue de frente, siendo transparente en su posición. ¿Debo hacerle saber lo que siento en este preciso momento? ¿Decirle que no podré vivir sin su presencia? ¿Manifestarle mi desazón por su partida? ¿Con qué derecho? Tengo que ser coherente con mis dichos y posturas, mantenerme firme y... y... Y la puta madre que la parió. ¿Quién carajo se cree qué es? ¿A quién se comió? Tiene suerte de que le haya dado bola. Como si fuera una top model, no querida, te faltan un par de centímetros y te sobran en otros lados. No sos lo máximo. Ok, es resimpática, pero hasta ahí. No se puede andar por la vida riéndose de todo y tocando la guitarrita. Aparte, no es una gran, gran artista, es del montón, una más. Yo no sé mucho de música, que sé yo, me gusta de todo un poco, pero lo de ella no es algo nunca oido. Pero la tipa va como si fuera esa mina que cantaba folk, la yanqui, no me acuerdo ahora, de los ’60. Joan Báez, esa. Pero no se puede comparar, haceme el favor. Igual no es feúcha, tiene lo suyo y esa sonrisa... Creo que cuando la vi reírse por primera vez, me enganchó. Porque ella me encaró, de atrevida, yo ni la había registrado, estaba en otra. Y se fue dando la cosa, salimos, se vino para casa, bueno, yo la invité. Nunca me pidió nada, pensándolo bien, nunca pide nada, uno da por hecho que es lo que puede querer. Eso si, y ahí está una clave, jamás tuve que mantenerla, o sea, no se acercó por interés material, siempre se las arregló sola. Le gusté, se sintió bien conmigo. Pero hizo su declaración: "Cuando desee irme, no quiero que me detengas". Y yo accedí. Un caballero. Un boludo, eso, un flor de pelotudo. Claro, el tipo se creyó que la minita estaba deslumbrada y que él iba a manejar la relación. Pensé que ella vería a un tipo seguro de sí mismo, con estabilidad económica y que quedaría muerta. Boludo. Me creía que dándole protección, buen sexo, charla, listo, ya estaba, que pase la que sigue. Si yo estaba bien, ¿para qué me busco problemas? Tenía mis mujeres, sin dramas, las veía cuando quería, cero reproches. ¿Qué tenía que encamotarme con esta? Ahora ya está. Ahora se va. Tendría que obligarla a que se quede. Decirle que es una boludez irse, si acá estaba bien, hacerle entender, sin rogar, tranqui pero firme, sin histerias, reflexivo. O mejor la cazo de un brazo y se la canto de una: "Vos de acá no te vas, ¿qué te pasa? ¿Te creés que me vas a usar y a descartar cuando se te ocurra? Vos te pirás cuando yo diga". ¿No ves que soy un boludo? ¿Cómo le voy a decir eso? ¿Y mi dignidad? Si se quiere ir, que se vaya, yo no obligo a nadie. Lo único que falta, que le ande rogando a una mina. ¡A mi me piden por favor que no me vaya! Que haga lo que quiera, pero eso si, que después no venga a pedir limosna si le va para el orto, no señor, que se la banque, yo acá le brindé todo. Y ella me dio todo, y me hizo sentir único, dándole sentido a mi puta vida. Y me parte el alma verla partir, pero me puede, me mira y me puede y yo mataría por ella, haría lo que fuera para tenerla siempre a mi lado. Entonces, me digo, me ordeno: "Decile algo, no la dejes ir asi, no seas gil, vos sabés como hablarle a las minas, da vuelta las cosas, no te arrepientas luego". Así que me levanto, me acercó por detrás, la tomo de la cintura, se da vuelta y le digo:
- ¿Te llevo a la estación?
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