Eugenio “Tacuara” Inzaguirre no era un mal arquero. Digamos que superaba la mediocridad con creces. Pero su principal obstáculo para deslumbrar era que siempre tenía por delante a alguien mejor que él.Desde pibe le gustó los “tres palos” y no tenía problema en que lo eligieran para atajar. En su club de barrio empezó a destacarse en las inferiores y un par de representantes de poca monta le echaron el ojo. Su padre Atilio, quien hacía las veces de su representante, estaba orgulloso de su hijo y lo incentivaba para que mejorase en su puesto. La mamá de Eugenio había fallecido siendo él muy pequeño y Atilio, junto a su amigo Jorge, lo criaron en un clima de verdadero hogar. El tío Jorge (como lo llamaba Tacuara) era pareja de su padre desde hacía bastante tiempo y la relación entre los dos hombres fue blanqueada a la muerte de su madre. Eugenio nunca se sintió mal ni frustrado por esta situación y los quería a ambos por igual.
Atilio, que había sabido jugar de defensor, le inculcó códigos y maneras de manejarse en el ambiente del fútbol, por lo que Eugenio adquirió una formación bastante ética en cuanto a ese deporte. Y a la vida. Era sumamente correcto, solidario y buena gente. Sus compañeros de equipo resaltaban estas virtudes, un poco extrañas de ver en otros futbolistas.
Tacuara anduvo por varios clubes, donde se destacaba en los entrenamientos, pero a la hora de elegir el equipo, prevalecía el desempeño del arquero titular, relegando las sanas ambiciones del muchacho. Pero nunca se le oyó quejarse de esa situación y admitía las decisiones de sus entrenadores con gallardía. Pero sus “padres” notaban que sufría por dentro. Atilio, en sociedad con Jorge, habían ampliado la carnicería original y ahora tenían un supermercado mediano que les daba cierta holgura económica. Decidieron invertir una parte de sus ahorros y consiguieron que un club de segunda de España contratara a Eugenio. Seis meses duró allá. La nostalgia, el rechazo de sus nuevos compañeros, la novia que había dejado en su barrio, más (nuevamente) el hecho de ser arquero suplente, lo decidieron a pegar la vuelta. Nadie le reprochó nada y las cosas siguieron como antes.
Un año después fueron sorprendidos con la grata noticia de que Tacuara había sido convocado para integrar el seleccionado Sub-23. Aunque iba como segundo arquero, las chances de jugar eran grandes y, de última, le daba “chapa” para probar en algún club grande.
Pero, a días de ser llamado, tuvo un serio accidente en su auto que le dejó el hombro muy maltrecho y varios meses de inactividad. Cuando todos pensaban que era el fin de su carrera, Eugenio, gracias al apoyo y cariño de los suyos, pudo volver a entrenarse y quedar como nuevo, aunque había perdido su oportunidad futbolística en el Sub-23. Continuó atajando en equipos de segunda línea, hasta que, cuando contaba con 27 años, lo llamaron de un equipo de primera (el de sus amores) para ser suplente del gran Toledo, el legendario arquero.
Eugenio estaba feliz de estar junto a su ídolo, por un lado, pero por otro sabía que Toledo tenía pensado retirarse después del final de esa temporada, con lo cual sentía que, si se esforzaba, sería su natural sucesor.
Cuando terminó el campeonato, el técnico le aseguró que tenía en sus planes contarlo como arquero titular, pero que debía esperar la resolución de los dirigentes, aunque descartaba que coincidirían con su propuesta.
Pero no fue así. A principios de la nueva temporada se le informó al técnico y al resto del plantel que el club había comprado el pase de Agustín Trevisonno, quien era famoso por su habilidad y osadía en el arco, como también por su vida nocturna, plena de escándalos y excesos. El tema era que al club le convenía tenerlo, ya que lo había comprado casi regalado (la cotización de Trevisonno había bajado desde su último altercado en un boliche) y planeaban venderlo, cuando finalizara el campeonato pronto a iniciar, con una suculenta diferencia a favor de la entidad.
Eugenio lo tomó como siempre, con hidalguía y templanza. Cuando regresó a su hogar, casi ni habló y su esposa, Alicia, al verlo tan abatido, llamó a Atilio para ver si, entre todos, le levantaban el ánimo. Pero Tacuara estaba cansado de que nunca se le dieran las cosas y ya pensaba en abandonar el fútbol y dedicarse a acompañar a su padre en el negocio. Atilio, junto a Jorge y Alicia, lo convencieron de seguir y esperar una oportunidad.
La misma se dio en la segunda fecha. Trevisonno, quien había descollado en el debut como visitante, no se presentó a la concentración previa al partido como local. Vanos fueron los intentos por localizarlo telefónicamente, como así también ubicarlo en sus lugares habituales. Dedujeron que Agustín había vuelto a las andadas y que estaría recomponiéndose de sus usuales abusos. El técnico no dudó y le dio la titularidad a Eugenio.
Ese domingo, Tacuara se atajó todo. Sus reflejos funcionaron a mil y evitó en varias ocasiones que su arco cayera. Cuando terminó el partido, y habiendo su equipo ganado, fue ovacionado merecidamente. Visiblemente emocionado, se terminó de cambiar y fue a su casa lleno de satisfacción. Antes decidió pasar a saludar a su padre, quien estaba acomodando mercadería para el día siguiente. Se fundieron en un abrazo y no dijeron ni una palabra, ya que no hacía falta. Jorge se sumó a ambos y así estuvieron un largo rato los tres, saboreando el triunfo del muchacho, que se hacía extensivo a los otros dos.
Cuando Eugenio se retiró, Atilio se secó las lágrimas con la manga de su camisa y le sonrió a Jorge, quien estaba conmovido. Pero, bueno, dejarían para más tarde los festejos, ahora había que seguir trabajando.
Fueron hasta la cámara frigorífica y, trasladando entre ambos una gran bolsa negra de plástico, sacaron su contenido y comenzaron a trozarlo con la sierra de carnicería.
Iba a ser imposible encontrar los restos de Agustín Trevisonno.
15 comentarios:
Ugh! no esperaba eso...en fin, coraje.
Vamo' a festejar, loco! Caaanten puto!
No, don Atilio, disculpe, no lo decía por ustedes...
Viejex:
Ta'bien, don Atilio lo entendió.
Pero ojo si pasa por el supertopu y pide osobuco.
Que hijo de putos.
Seguro que antes de liquidarlo le hicieron dunga dunga.
Por algún motivo tenía que ser arquero?
Abrazo.
Algún:
Es que me inspiré en Assman, el suplente de suplente del Rojo.
¡Grandioso, te consagraste, sos escritor de los buenos, ya no podés ser más peronista (no es cargada) ahora sos intelectual, este cuento está para concursar y ganar el 1º premio!!!
Reverencia.
Sin dudas es un acierto que sea arquero el personaje. Cuando lo leí me imaginé si podría ser de otro puesto, pero no.
Muy Bueno, Ade.
Ceo:
Gracias por los halagos, amigazo!
Ahora... Intelectual peronista es un oximorón?
Seguridad! Seguridad!
Hay un gorila en los alrededores!
Algún:
Es que en otro puesto podía tener más chance. Yo quería ser delantero, pero si me ponían de volante de contención o central abajo, agarraba viaje!
¡Coñe! Menudo final! Yo que pensaba decir: Uf! Un arrebato futbolero y pasional, si yo no entiendo nada de pelotas!!!
Pero ha sido genial!
Besito.
Ya te echaba de menos.
Vero:
Al que no van a echar de menos es al arquero Trevisonno.
Beso.
Tan triunfal su vuelta como el estreno de la titularidad de Tacuara.
Se lo extrañaba.
Iba a hacer un comentario sobre la homosexualidad de los carniceros, pero... es de tal obviedad que no quiero desmerecer el comentario.
Muy bueno!! :)
Jaz:
Funcionó como "distracción" lo de los carnigays, no?
jajajajaja... carnigays?
Ud es un tierno...
Muy bueno, mi socio. Lo felicito. Y coincido con el cumpa Algúnpe.. Seguro que los carnizas le dieron antes de hacerlo milanesa al tipo..
UAP, demisrusó.
Después dicen por ahí que una pareja homosexual no sirve para adoptar. Este cuento es "asado del medio"......
Volveré.
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