Nota: sigo insistiendo para poder publicar el post sobre "24", así que por ahora vaya este entremés.
Tenía que conseguir de la mejor.
Me habían llegado datos de diferentes sitios, lugares tenebrosos, inhóspitos, pero uno parecía confiable. Anduve por intrincados parajes, laberintos fantasmagóricos, pero arribé a mi destino. Tenía la información de que era nativa del sureste de Asia, y que poseía muchas proteínas y alto contenido en hierro. Era ella, la famosa y nunca tan bien ponderada LENS ESCULENTA, o lenteja para los íntimos.
Si, había nacido en mi un antojo irrefrenable de comer guiso de esta deliciosa leguminosa, y no solo eso, debía ser preparado por mi mismo, todo un reto, pero existía un dictado interior que me motivaba.
Una vez conseguida la mejor lenteja que el dinero podía comprar y haciendo caso omiso a la mirada socarrona del oriental que me la proveyó (gesto que luego comprendí en su justa dimensión), encaré la compra de los demás ingredientes.
¿Con qué acompañar a mis pequeñas? Lo ideal sería una salsa, y así fue. Me decidí por una de tomates. Ya en la verdulería, observé la mercadería y opté. Dije con voz clara, no estridente, pero segura: “Dos tomates perita, un pimiento rojo chico, una cebolla no muy grande, ajo y perejil”. El dependiente me miró, volvió a mirarme y sin dejar su actitud pasiva, me espetó: “Tío, decime las cosas de a una, que no retengo más de dos artículos, ¿si?”. “Ok”, dije, avergonzado, y le recité el pedido nuevamente, pero pausadamente y de a uno, a medida que iba colocándolos en una bolsa. Pagué lo que me dijeron y me retiré sin volver la vista atrás.
Una vez en mi refugio, en mi templo, procedí a la faena.
Tomé mis preciadas lentejas y coloqué en remojo las necesarias para mi festín. El manual dice que por lo menos dos horas deben colocarse en agua. Decidí dejarlas un poco más, podía tomarme ese lujo. Mientras el líquido elemento se consustanciaba con mis elegidas, procedí a realizar la compra del elemento restante: la carne. Panceta y salchicha parrillera fueron seleccionadas y compradas a un precio accesible.
Ya tenía todos los elementos, con lo que procedí a la preparación sistemática de la “salsa”. Primero, la cebolla fue cortada milimétricamente con una trincheta. De esa forma, al irse cocinando tiende a desaparecer, dejando su gusto presente. Luego el pimiento, cortado en secciones casi idénticas por una cuestión de equilibrio (si, ya sé, algo obsesivo el chef). Así, el ajo y el perejil pasaron a engrosar los componentes. Después, le tocó el turno a los desvalorizados tomates peritas. Un aparte con esto. ¿Por qué se desprecia a estos rojizos elementos? ¿Por qué se opta por los redondos? ¿Porque éstos son más presentables? ¿Porque en el imaginario colectivo son la representación del tomate? No, señores, el perita vale y mucho. Tiene una forma adaptable a la mano, las mismas virtudes que su primo redondo y su manejo no es nada despreciable. Bien, el tomate fue cortado en dados (o que se asemejara a eso) e incluido en la mezcla.
Por último, la panceta y la salchicha fueron seccionadas en trozos que no permitieran su desmenuzamiento en la cocción, pero que no fueran lo suficientemente grandes como para no representar un bocado. Los detalles.
Las lentejas seguían en el proceso de remojamiento, por lo que se me presentaba un tiempo muerto que debía salvar en otra actividad. Así lo hice y, cuando fue el momento preciso, regresé a mi labor culinaria y comenzó la verdadera actividad.
Las legumbres, ya embebidas, pasaron de su contenedor a una clásica olla con agua que las tapara y puestas al fuego durante treinta minutos. Rogaba que el tiempo pasara, pero era consciente de su lento devenir. Mientras, la preparación de la salsa me reclamaba. En una decisión clave, opté por realizar la cocción de todos los ingredientes de una sola vez. ¿Ansiedad? ¿Nerviosismo? Puede ser, pero mis decisiones no debía ni quería compartirlas.
Pasó el tiempo requerido, los dos grupos estaban preparados, separados, pero a punto de lograr la fusión. Uní con cuidado la salsa con el componente primario, con un leve temblor que supe dominar. Dudas atravesaron mi ser, ¿serían compatibles? ¿Habría fallado en algo? La mejor respuesta era el resultado. Una vez mezclado, me arriesgué a probar el supuesto manjar. La cuchara ingresó en la olla y resurgió con una cantidad que englobaba todos los componentes. Lentamente olfateé y su olor me dio sensaciones que me retrotrajeron a un pasado glorioso de comidas en familia, reunidos en la mesa de un hogar lejano en el tiempo. Lo acerqué a mi boca, y levemente soplé para amenguar su calor. Lo introduje en mi paladar y… el milagro sucedió.
La conjunción de sabores era perfecta, la preparación había sido un éxito y, no puedo negarlo, una lágrima quiso asomar, fruto no de un supuesto gusto fuerte en la elaborada comida, sino de una genuina emoción por una labor bien realizada.
Me serví una generosa porción, un vaso de vino tinto y dando gracias, procedí a engullirla.
¡Que sensaciones! Mi paladar parecía agradecer cada bocado, mi ser se contentaba en cada deglución, un disfrute inmenso abarcaba mi alma. Terminé esa bendita porción y mi cuerpo reclamó más. No me hice rogar y accedí. Al final de la segunda tanda, sentí un estado de saciedad, pero, siempre hay un pero, en la olla asomaba un resto considerable.
¿Qué hacer? ¿Dejar ese remanente para otro momento o acometer con su desaparición en ese instante? ¿Debía traspasar esa frontera? Que dilema. Podía haber riesgos. La lenteja no perdona y mi aparato digestivo, como el de todos, tiene un límite. Pero, este servidor, tenía un as en la manga. Previsor, había comprado un cuarto kilo de helado (frutilla, chocolate y vainilla) que ayudaría a bajar tremenda comilona.
La tercera ración fue engullida, el helado fue consumido y, altamente satisfecho, una posición horizontal reclamaba su lugar. Me recosté suavemente y, con promesa de sueños agradables, fui descendiendo en un sopor inmanejable.
A la mañana, al abrir mis ojos, hice una constatación mental de mi ser y no hallé motivos de alarma. Había superado la prueba.
El día se presentaba hermoso, un domingo glorioso. Decidí realizar las compras del día en el supermercado de la zona, el más grande. Monté a mi preciada bicicleta, “La poderosa”, y enfilé al centro consumista por excelencia. En el camino hasta disfruté silbando una pegadiza tonada de moda. De pronto, al no poder salvar un manifiesto bache en la calzada, una sensación interna se manifestó, como un cosquilleo leve, al cual no le di mayor importancia. Apresuré mi andar, respondiendo a un instintivo empuje.
Ya en el sitio donde se resguardan los rodados, cuando procedí a agacharme para asegurar con candado a La poderosa, nuevamente el cosquilleo. Pero ahora reconocí la causa, pude detectar las consecuencias. Presuroso ingresé a las instalaciones y sin mirar mi entorno, me dirigí hacia los sanitarios. Una vez dentro, no lo pensé más y abrí uno de los compartimientos individuales, desabrochando mi indumentaria como en un trance. Sentía que algo hacía desquicios en mi abdomen, como un alien ansioso de emerger. Transpirando como un beduino con fiebre, percibí la llegada de la erupción. Y llegó.
Lo demás entra en el terreno de lo supuesto, ya que como en un sueño, recuerdo las alternativas. De los compartimientos linderos se oía las puertas abrirse con desesperación. Gritos aterradores inundaban mis sentidos: “¡No es humano!”, “¡Es peor que Chernobyl!”, “¡Al Qaeda, nos ataca Al Qaeda!”. Se oyó una voz afeminada gimiendo: “¡Los niños y los gays primero!”. Un pandemonium.
Cuando concluí y, luego de higienizarme, emergí al salón principal.
Soledad. Desamparo. Aislamiento. Solo se oía la música funcional y un ronroneo que no supe identificar. Cuando quise retirarme, ya intuyendo el giro de los acontecimientos, noté en la entrada una faja de seguridad amarilla. Tras ésta, uniformados corrían vallando la zona. Entonces los vi. Individuos, enfrascados en trajes que razoné como para evitar contaminaciones, comenzaban a bajar de vehículos diversos artefactos de medición. Una sonrisa triste surgió en mi rostro y comprendí que mi destino estaba sellado.
No se bien cuanto tiempo ha pasado desde la infausta jornada. Aprendí a convivir con los recursos a la mano (que no eran pocos) y de vez en cuando añoro mi antigua vida. Perdí contacto con el resto de mis congéneres y me adapté a mi nueva forma de existencia. Por alguna oscura razón, el suministro eléctrico no faltó en todo este lapso, aunque la conexión telefónica dejó de existir al instante de lo ocurrido. Pero hoy he notado algo diferente en mi rutina. Como una sensación de falta de opresión. Me hallaba en la entrada cuando percibí que mis carceleros brillaban por su ausencia. Entonces me animé y traspasé las puertas. Observé el cielo y noté un color diferente en sus tintes. No se detectaba presencia humana en los alrededores, como si un misterioso vaciamiento hubiera envuelto los contornos del establecimiento. Un viento triste jugueteaba con restos de follaje y papeles varios. Así, una hoja de papel brillante vino a enredarse en mis pies. Alcé el colorido folleto y mientras leía su contenido, no pude evitar que un suspiro lánguido escapara. El volante decía, con letras llamativas:
OFERTA DEL DIA:
LENTEJAS A MITAD DE PRECIO.
FIN

7 comentarios:
Huy parecía el fin del mundo. Yo lo sentí con solo probar un vasito de vodka (mezclada con otros brebajes baratos)...
Son los placeres mundanos, te dejan en ruinas algunos, pero no hay que privarse nunca! ojo, nunca he.
Yemi:
Es el fin del mndo!!!
NO es necesario Bombas atómicas.
Debe haber sido como el Big Bang pero al revés. Pobre Universo!!
besozzzz
Mientras leia pensaba, este hombre va a mezclar helado con lentejas? No quisiera tener que ntrar al baño despues que el y no me equivoqué.
Antes de irme Una queja, las letras de tu blog son extremadamente pequeñas y encima los post son re largos, piedad, agrandala un poco por favor.
Ah y otra cosa, jamas aclaro, porque justamente ahi es donde oscurece. Wanda Nara yo! habrase visto, degenerado.
Un menjunje mortal!
Te dejé algo en mi blog!
Besoss
Aguanten los tomates perita!!!
Tenés muy buena prosa, te felicito. Me dieron ganas de comer lentejas ya que me estoy cagando de frio. Saludos,
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